Conoce la lucha de Mariam como chica Trans en Egipto

“Más que acoso sufres asalto. Es aún más brutal” La homosexualidad y la transexualidad no están prohibidas en Egipto, pero son perseguidas en virtud de una ley promulgada en 1961 contra la prostitución. Mariam tiene 39 años, es periodista ‘freelance’, vive en El Cairo y está en proceso de cambio de sexo

Mariam se mira al espejo y, por primera vez en su vida, comienza a reconocer la imagen que proyecta. Creció atrapada en el cuerpo de un hombre y, cuando quiso ser ella misma, no tuvo más opción que hacer añicos sus lazos familiares, renunciar a lo conocido y empezar a vivir. Respirar, al fin, sin corsés ni trajes ajenos. “Rompí todos los contactos: no sé nada de mi padre ni mis hermanos”, comenta esta egipcia de 39 años, en pleno estado de transformación. “Recuerdo el momento en el que se lo dije a mi madre como un instante muy confuso. Jamás llegué a contárselo al resto de la familia. Es ella lo único que guardo de mi vida anterior. No puedo decir que lo acepte pero al menos lo sobrelleva”.

La comunidad transexual del país más poblado del mundo árabe vive agazapada, perdida entre líneas. Temerosa de un régimen obsesionado con la moral pública, que -igual de inclemente con los homosexuales- les persigue acusándoles de prostitución y libertinaje. “La Policía no entiende nada. No tienen idea alguna de la transexualidad y actúan con el mismo pensamiento patriarcal del resto de la sociedad. Nos arrestan simplemente por nuestra apariencia. Crean un caso de libertinaje simplemente por nuestro aspecto. Lo cierto es que es mejor no encontrarse con ningún agente en la calle”, musita Mariam, el nombre ficticio tras el que se esconde el miembro de una minoría colocada en la diana.

La homosexualidad y la transexualidad no están prohibidas en Egipto, pero son perseguidas en virtud de una ley promulgada en 1961 contra la prostitución. El departamento antivicio de la policía lanza redadas y camufla a sus miembros entre las aplicaciones de citas para cazar a unas víctimas que se cuentan por decenas desde el golpe de Estado que hace un lustro urdió el actual presidente Abdelfatah al Sisi. A principios de marzo los agentes arrestaron a Malak al Kashif, una activista transexual de 19 años. Tras su detención, fue sometida a confinamiento solitario en una comisaría y más tarde trasladada a una prisión de hombres. En un hospital público, Malak fue sometida a un examen anal, una controvertida práctica denunciada por organismos internacionales con que la tierra de los faraones aún tortura a la comunidad LGTB.

EL ESTIGMA Y EL NIVEL DE AGRESIÓN ES MAYOR PARA QUIENES, COMO ES MI CASO, CAMBIAMOS DE HOMBRE A MUJER

El drama de Malak desvela la incapacidad de los generales egipcios para tolerar la diversidad sexual y su empeño en aplastarla con el ímpetu con el que han silenciado el más leve atisbo de disidencia. Consciente de los peligros, Mariam se siente “afortunada”. “Trabajo como periodista freelance y no tengo que salir a la calle muy a menudo”, cuenta mientras habla despacio de los obstáculos que suscita cualquier contacto con el exterior. “Las situaciones cambian si se trata de un transexual hombre o mujer. Ésta es una sociedad donde la mujer no vale nada y está mucho peor considerada. El estigma y el nivel de agresión es mayor para quienes, como es mi caso, cambiamos de hombre a mujer. Las familias son incapaces de aceptarlo y en la calle te enfrentas a todo tipo de acoso. En realidad, más que acoso es asalto. Resulta aún más brutal”.

Mariam descubrió que “sentía de un modo distinto” en la infancia pero tardó años en dar el paso y enfrentarse a sus certezas. En mudar del él a ella. Aún sigue en la tarea de mudar de piel. Ahora aguarda la cirugía, en mitad de un traumática transición. “Es un proceso lleno de desafíos. Empezando por la batalla legal. No existe ninguna ley para regular cómo una persona puede cambiar de sexo. Todo es aleatorio. Algunas personas pueden modificar su identidad y otras no, dependiendo del funcionario de turno. Los trámites legales duran, en el mejor de los casos, dos años”, explica.

El procedimiento médico, el que obra una mutación que no todos los transexuales completan, es todavía más arduo. “Solo hay un hospital que vigila el proceso. Pertenece a Al Azhar [la institución más prestigiosa del islam suní] y aborda el cambio de una forma humillante y religiosa en base a una fatua [edicto religioso] que permite el cambio de sexo”, asevera. “La fase de asistencia psicológica se prolonga a lo largo de dos años y, tras obtener el informe necesario, comienza el tratamiento hormonal”.

Y, con él, otra de las odiseas de la metamorfosis. “El acceso a las hormonas no está regulado por ley. Es muy complicado encontrarlas en la farmacia. A veces hay, otras no, y hay que buscar por establecimientos de toda la ciudad. A veces se debe parar el tratamiento por falta de existencias”, se queja. “La operación de cambio de sexo de mujer a hombre tiene que realizarse fuera, en Europa. La opuesta es más sencilla y se puede hacer aquí, pero hay sólo un par de médicos y unas cuantas clínicas privadas capaces de ejecutarla. No es muy caro pero los resultados y las condiciones en las que se operan no son nada buenas”, murmura quien duda aún de como acometer el desenlace que lleva décadas buscando. “Estoy esperando a la operación, pero lo cierto es que tengo miedo. Necesito dinero para viajar fuera. Otra opción es la que han seguido otros egipcios, pedir asilo en Europa y someterse allí a la cirugía”.

Mariam -que no ha olvidado los castigos que sufrió en la infancia cuando se mostraba tal y como se sentía, ella misma- se resiste a emprender el exilio.

“No he tomado aún la decisión de marcharme. No quiero sentir que me fuerzan a irme y a empezar mi vida en otro lugar. No es que le tenga amor a mi país, pero tengo la sensación de que puedo usar mi vida para cambiar algo aquí. La batalla de los transexuales egipcios es demasiada larga como para largarse sin más”.

Con información de El Mundo